miércoles, 7 de julio de 2010

UNIVERSIDAD: ¿ENTRE LA MEDIOCRIDAD Y LA SIMULACIÓN?



Por Walter Rivera León
Publicado por la Revista Punto de Vista N° 11 en diciembre de 2009

Una tarde de abril de 1997, un directivo universitario me consultó si podía aceptar cierto cargo administrativo en la Universidad Luis Vargas Torres. Le pregunté sobre el horario de trabajo, y como éste coincidía con las horas de más intensa actividad profesional, le dije que no podría des-empeñarme bien en las dos actividades; que por responsabilidad, no podía aceptar esa función, sino que más bien podía prestar mis servicios en una cátedra a medio tiempo o a tiempo parcial. El directivo me espetó que, para eso, tenía que hacer méritos. ¿Qué méritos?, repliqué sorprendido, y le recordé que él solía expresarse muy bien sobre mi nivel académico o cultural, pero confesaba que tenía numerosos amigos y partidarios entre los abogados que trabajaban en la universidad como ca-tedráticos o funcionarios, que eran útiles con sus votos, mas no los contrataría nunca para que asuman su defensa en delicados procesos. El directivo no pudo precisar cuáles eran los méritos que me faltaban, pero entendí muy bien, y pienso que quien lea estas líneas tampoco tendrá dificultad en entender. Obviamente, esos méritos yo no podía ofrecerlos, pero el incidente me sirvió de indicador.

En esa misma época intentamos que la Universidad auspicie un panel acerca de Juan Montalvo, pero a sus directivos les fue imposible participar con un catedrático que pudiese exponer con solvencia sobre la obra del insigne escritor. El acto tuvo que realizarse con expositores ajenos a la Universidad, a pesar de que allí existía una especialidad en Literatura y Castellano, que aún existe. Incluso, para debatir sobre la vida, el pensamiento y la obra del patrono de la Universidad, sólo se podía contar como probables expositores con dos o tres catedráticos, no más; y en cuanto a representantes estudiantiles que conozcan lo básico, el panorama era desolador: no había ninguno.

En junio de 2008, cuando debatían en una radiodifusora dos candidatos a la presidencia de la federación de estudiantes sobre sus respectivos programas, alguien les preguntó cuándo y dónde murió Luis Vargas Torres, y a cada cual se le ocurrió, en medio de titubeos o evasivas, decir cualquier cosa, menos acertar en la fecha y el lugar donde murió el patrono de la institución. No tenían la más mínima idea; ni siquiera sabían qué gobernante tuvo que ver con la muerte del héroe. En marzo del 2009, a uno de ellos se le escuchó en televisión una intervención en la que, al hablar del rechazo a una proyectada consulta popular en La Concordia, dijo que ha defendido y defenderá a La Concordia, como la han defendido Luis Vargas Torres, Carlos Concha y… Jorge Chiriboga. No cabe duda: en los medios de comunicación se difunden las cosas más inverosímiles sobre nuestros personajes más representativos. Que Vargas Torres es un héroe de la independencia, que el sillón del alcalde es el sillón de Vargas Torres, que el héroe sea comparado con algún personaje insignificante de nuestro tiempo, son sólo unas cuantas pero muy repetidas ‘perlas’ que he oído a periodistas, profesores o personajes públicos durante más de una década; y a ellas faltaba añadir una nueva, proveniente de la dirigencia estudiantil universitaria: que Vargas Torres y Carlos Concha defendieron a La Concordia. Vargas Torres sigue siendo un gran desconocido aun en la Universidad que lleva su nombre.

En el año 2006 se realizó una encuesta entre estudiantes universitarios sobre temas de identidad lo-cal. Una primera pregunta, por ejemplo, pedía marcar entre tres opciones la fecha en que murió el Coronel Luis Vargas Torres; otra, que señale, escogiendo entre cuatro opciones, qué relación había entre Luis Vargas Torres y Carlos Concha; otra más, sobre lo que ocurrió el 21 de septiembre de 1526. En ningún paralelo hubo un 50 % de respuestas correctas; en muchos casos, el porcentaje de aciertos no llegó ni al 10 %, y no faltaron las más insólitas respuestas, como las de aquellos que marcaron la opción según la cual el 21 de septiembre de 1526 es la fecha de nacimiento de Nelson Estupiñán Bass.

Un alcalde que ejerció entre 1988 y 1992, habló de la fundación de Esmeraldas, la identificó con el 21 de septiembre, y a ese mes lo llamó mes del esmeraldeñismo. Una vez concluido su período de alcalde, el grave error fue secundado por un maestro que fue elegido diputado. Apenas unos días después de que entró en funciones, el diputado anunció una iniciativa: traer al Congreso Nacional a sesionar en Esmeraldas para que le rinda homenaje en la fecha de su supuesta fundación el 21 de septiembre de 1994. La sesión se hizo, la improvisación quedó en evidencia, el diputado tuvo que callar sobre el conflictivo tema de La Concordia -que había captado el interés público al aprobarse su cantonización en primer debate en mayo de 1994-, y el entusiasmo se desvaneció. Pero, más allá de esto, lo más grave fue que se abrió el camino hacia la institucionalización de una falsedad, de una fundación que no existió. Nuestra Universidad, no sólo no aclaró el desatino, sino que se sumó a él, con comunicados de saludos a esa inexistente fundación en cada 21 de septiembre. Recuerdo que en 1997 la Universidad auspició la publicación del libro intitulado “Descubrimiento de Esmeraldas por Bartolomé Ruiz”, de Horacio Drouet. Ese libro hizo luz sobre la confusión; dejó en claro que el 21 de septiembre de 1526 no sólo no hubo fundación de Esmeraldas, sino que ni siquiera se produjo el primer arribo de Bartolomé Ruiz. Sin embargo, parece que la obra no sirvió de mucho a los directivos de la Universidad, pues siguieron publicando manifiestos como éste, que apareció en el diario La Hora del 21 de septiembre de 2006:
“La Universidad Técnica de Esmeraldas, a través de sus autoridades, rector y vicerrectores admi-nistrativos y académicos, saluda al pueblo de Esmeraldas en sus fiestas de fundación / Lcdo. Benito Reyes Pazmiño / Rector / Lcdo. Luis Felipe Pacheco Luque / Vicerrector Administrativo / Ing. Betto Vernaza Castillo / Vicerrector Académico”.

Y cuando parecía que se había desterrado por fin en las instituciones públicas eso de rendir home-naje a una fundación que no existió, de pronto en el diario La Hora del 21 de septiembre de 2009, apareció una publicación, con la fotografía y el nombre del presidente de la Asociación General de Profesores de la Universidad, que textualmente decía:
“La Asociación General de Profesores de la Universidad Técnica ‘Luis Vargas Torres’ saluda a la altiva, rebelde y progresiva provincia en la fecha de su fundación 21 de septiembre de 1526” (sic).
El pensador francés Miguel de Montaigne dijo que “nadie está libre de decir estupideces; lo malo está en repetirlas”. ¿Hasta cuándo? ¿Será que sobre nuestra Universidad ha caído como una maldición lo que la tradición oral le atribuye a un clásico personaje popular conocido con el sobrenombre de Pegau? He oído que una vez Pegau dijo: “Ya vio ‘mijo’, lo que yo le decía, que la brutalidás triunfa sobre la inteligencia”.

En los títulos académicos que otorgaba la Universidad, durante aproximadamente una década, aparecían cintas tricolores que no correspondían a los de la Bandera Nacional establecida desde la primera administración del general Eloy Alfaro, y por tanto, vigente durante más de un siglo. No se respetaba ni la latitud doble en la faja amarilla, ni la posición horizontal de las franjas, ni el Escudo en el centro del pabellón. Fue necesario difundirlo públicamente para que en el 2008 la Universidad anuncie que en adelante no emitirán con esos errores los títulos académicos.

En el mes de septiembre de 2007 se difundió con notable despliegue publicitario que una entidad denominada Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa otorgó a la Universidad Técnica Luis Vargas Torres el Premio Iberoamericano en Honor a la Excelencia Educativa, y una delegación de la universidad local, encabezada por el Lcdo. Benito Reyes, viajó a Panamá a recibir el premio. El departamento de relaciones públicas puso un empeño digno de una gran causa en la difusión del acontecimiento en los medios de comunicación. Yo no sabía hasta entonces nada sobre la existencia del Consejo Iberoamericano, pero tan pronto como leí en la prensa la noticia, pensé en la posibilidad de un fraude, y recordé a José Ingenieros con sus estudios sobre el fenómeno de la simulación en el mundo biológico y en la vida social; él llegó a hablar de la hipocresía organizada como la base de la sociedad.

El Ministerio de Educación denunció a mediados del año 2008 que el Consejo Iberoamericano en Honor a la Calidad Educativa -el mismo ente que otorgó el premio a la Universidad- utilizó arbitrariamente su nombre como supuesto auspiciador de un acto organizado por el mentado Consejo y que la selección para los premios a la excelencia educativa se efectúa a cambio de un rubro económico al que denominan membresía, cuyo valor varía según el premio que otorga. El ministerio concluía alertando a las instituciones educativas y al público en general para que no se dejen sorprender por una institución que, sin ningún procedimiento técnico, académico o pedagógico, otorga premios y grados. Eso no fue todo: una declaración de varios ex ministros de educación –entre ellos Rosalía Arteaga, Vladimiro Álvarez, Alfredo Vera y Consuelo Yánez-, que se conserva en la página web de la organización Ecuador Inmediato, confirmó la denuncia del Ministerio y señaló la cifra que el año pasado pidieron por el premio los que conforman el rimbombante Consejo Iberoamericano: $ 1.700. A través de la misma fuente me enteré de que trataron de sorprender al ministro de educación Raúl Vallejo ofreciéndole un doctorado honoris causa, pero no tuvieron la misma suerte que con la universidad esmeraldeña; el ministro rechazó el premio.

El célebre Manifiesto de Córdoba, con el que la Federación Universitaria de esa ciudad argentina denunciaba en 1918 –hace 91 años- que las universidades eran hasta entonces el refugio de los mediocres y la renta de los ignorantes, proclamó la necesidad de una insurrección que pasó a ser conocida en la Historia como la Reforma de Córdoba. ¿No parecen tener vigencia aún estas palabras? En todo caso, la Universidad Luis Vargas Torres, luego de acumular una inmensa deuda moral con Esmeraldas por los gravísimos atentados contra la identidad de nuestro pueblo que he descrito en este artículo, parece haber rematado un itinerario penoso, cayendo –en aventura grotesca- en los brazos de avivatos internacionales que, a cambio de dinero, a diestro y siniestro otorgan premios de excelencia educativa y doctorados honoris causa. ¿Hasta cuándo?

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